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El dilema del primer hombre
Página/12, 24 de junio de 2001

Repasemos la historia. En el principio Dios creó los cielos y la tierra, la tierra estaba desordenada, reinaban las tinieblas, y el Espíritu Santo se movía sobre la superficie de las aguas. Luego Dios dijo "Hágase la luz", y la luz se hizo. Luego tuvieron lugar una larga serie de invenciones extraordinarias: la hierba, los árboles, el sol, la luna, las estrellas (pero si recién entonces fue creado el sol, ¿de dónde provenía la luz que desplazó a las tinieblas en el principio?). Reptiles, aves volando "en la abierta expansión de los cielos", ballenas, serpientes. Ahora bien: si hasta aquí las cosas parecen intrigantes, en el versículo 26 empiezan a carecer de sentido. Es algo que está a la vista de todos, que todas las ediciones de la Biblia repiten por igual, pero cuya lectura literal escapa a las almas bondadosas que se internan en esa selva llena de pistas falsas, peligros y venenos. Los versículos 26 y 27 dicen (cito la edición de Sociedades Bíblicas Unidas, establecida por Casiodoro de Reina (1569), revisada por Cipriano de Valera (1602) y cotejada posteriormente con diversas traducciones y con los textos hebreos y griegos): "Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces de la mar, y en las aves de los cielos, y en las bestias, y en toda la tierra, y en todo animal que anda arrastrando sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó." Dios bendice a su criatura y le ordena fructificar y multiplicarse, henchir la tierra, sojuzgarla, señorear sobre los peces del mar y las aves del cielo y sobre toda bestia que se mueva sobre la tierra. Le ha dado tierra que da simiente, y árboles que dan frutos.
La cosa parece carecer de sentido porque este hombre creado a su imagen, "varón y mujer", es decir, andrógino, no es Adán, que aparecerá en escena recién en el versículo 7 del capítulo siguiente, cuando dice: "Formó, pues, Jehová Dios al hombre del polvo de la tierra, y alentó en su nariz un soplo de vida; y fue el hombre en alma viviente". La costilla de Adán recién aparece en el versículo 22. En el versículo siguiente Dios le pone nombre: la llama Varona, "porque del varón fue tomada" (comenzará a llamarse Eva en el versículo 20 del capítulo 3, después de la escena del fruto prohibido, después de aquello de "polvo eres y al polvo volverás").
En 1785 Giacomo Casanova comenzó a escribir una novela todavía inédita en castellano, conocida como el Icosamerón, pero cuyo subtítulo (Hegel decía que los subtítulos son los verdaderos títulos de los libros) es La historia de Eduardo y Elisabeth que pasaron ochenta y un años con los Megamicros, habitantes aborígenes del protocosmos, en el interior de nuestro globo. El Icosamerón fue publicado por primera vez en Praga en 1788. Fue escrita en francés, y llevaba, a manera de prólogo filosófico y metodológico, un "Comentario literal acerca de los tres primeros capítulos del Génesis", pequeña pieza que la editorial Corregidor de Buenos Aires publicará este año con el título Mundo interior (dicho prólogo, junto con otras largas digresiones sobre literatura y filosofía, fue omitido en las posteriores ediciones francesas del Icosamerón).
En Mundo interior Casanova construye una imago mundi fantástica que no es otra cosa que el espejo de las ilusiones de un gran libertino heredero de la Europa de Bacon, Descartes y Leibniz. Para seguir con la metáfora, el siglo XVIII fue un siglo especular: la orgullosa fe en la razón convive en él con la misma orgullosa confianza en los sentimientos. Una época de claroscuros, de siluetas; sin penumbras, tonos, grados intermedios.
Este "Comentario literal" se ubica dentro del grupo de cuatro obras que Casanova escribió a partir de 1785, año en que abandonó Venecia para dirigirse al castillo de Dux, en Bohemia, aceptando el puesto de bibliotecario que le había ofrecido el conde de Waldstein. Durante toda su vida había puesto en escena el personaje de Don Juan, y ahora se alegra de encontrarse retirado, hacer algo que le permita olvidar la vejez y consagrarse de lleno a la filosofía. Toma forma entonces la tarea de hacer la apología de sí mismo: el Icosamerón (1785). los Soliloques d’un penseur (1786), la Histoire de ma fuite (1788), las Mémoires (a las que se dedicó desde 1789 hasta su muerte). El Icosamerón señala por lo tanto el comienzo del último Casanova.
En el Icosamerón Casanova admite la contradicción del espejo: el mundo feliz sólo puede ser otro, es decir, ficción, literatura, ilusión, engaño. El narcisismo polígrafo de Casanova mezcla geografía y geología, química e hidráulica, historia y exégesis bíblica. Siempre bajo la impronta volteriana, reconocible en el gusto por la digresión y el excursus filosófico.
En el famoso relato de Voltaire, Micromegas (habitante de la estrella Sirio, de visita a la Tierra) medía ciento veinte mil pies; en contraposición, los megamicros casanovianos tienen apenas cincuenta centímetros de estatura. Siempre de manera especular, pero haciendo uso de la técnica anamórfica, Casanova retoma la idea del Maestro, a quien había conocido personalmente veinticinco años antes, en Suiza.
En el Icosamerón el narrador es el joven inglés Eduardo, quien junto con su hermana, Elisabeth, reemerge del centro de la Tierra (a dónde habían caído ochenta y un años antes, durante un naufragio) para relatar el encuentro con un mundo desconocido, habitado por los megamicros (un mundo semi perfecto: el proto-cosmos). La larga narración ocupa, como sugiere el título, el arco temporal de veinte jornadas. Al igual que en Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift y en El viaje subterráneo de Niels Klim, de Ludvig Holberg, el mundo interior de los megamicros no es más que un concentrado perfecto de las utopías iluministas. Dicho mundo está dividido en muchos reinos y alguna que otra república, todo ello iluminado por la misma y única fuente de luz: la divinidad. Los megamicros viven divididos en castas sociales, cada una diferenciada de la otra por un particular color de la epidermis. Un mundo ordenado y, por lo tanto, feliz.
Los dos hermanos, dejándose vencer por el ímpetu ciego y amoral de la naturaleza, cometen incesto y, como Deucalión y Pirra, o Adán y Eva, dan origen de una nueva estirpe de gigantes, una progenie de cuatro millones de individuos. Gran parte de la novela la ocupan los avatares demográfico-políticos de esa descendencia, que conseguirá afirmarse gracias al ingenio técnico y científico de Eduardo.
La moraleja final también encierra en sí un núcleo estrechamente autobiográfico: el hombre sin patria puede triunfar sólo gracias a la sabiduría, es decir, a la filosofía. Eduardo encarna para Casanova el sueño de toda su vida: poseer no mujeres ni gloria mundana, sino la verdad. Eduardo es el aventurero que deviene filósofo, la virtud suprema siempre deseada y nunca alcanzada por Casanova.

Al comienzo del "Comentario literal" Casanova declara explícitamente: "He escrito este comentario no para probar que la historia del mundo interior es verdadera, sino para convencer a los cristianos de que ella puede serlo en las Sagradas Escrituras." Por lo tanto este texto, mejor que ningún otro, ofrece la posibilidad de examinar el iluminismo, en ciertos aspectos atípicos, de Giacomo Casanova. Analiza concienzudamente uno de los cinco libros (el Pentateuco) que los judíos llaman la Ley (la Thora), libro que contiene, en sus primeros tres capítulos, el relato atribuido a Moisés sobre el origen del mundo, de la humanidad y la caída de Adán y Eva. Y aún sosteniendo que "todo es verdad en las Sagradas Escrituras", afirma: "las verdades que proclama no conciernen a la fe", en tanto que "las que tienen que ver con la fe fueron confirmadas por la Iglesia, son sagradas y sería un delito manipularlas", mientras que "las que tienen que ver con la historia y la razón, en cambio, pueden interpretarse."
Basándose en el texto bíblico, Casanova trata de demostrar que la génesis de la humanidad, la creación del hombre por parte de Dios, fue en realidad una génesis doble, y que además del hombre y la mujer creados en la corteza terrestre (Adán y Eva) existen otros seres (los megamicros), distintos a nosotros, que habitan en el interior, en el protocosmos (el término proto-cosmos indica que dicha humanidad fue creada antes que Adán). Casanova trata de demostrar que no hay nada en las Sagradas Escrituras que pueda probar la imposibilidad de ese mundo imaginado por él. Ni nada que impida no creer firmemente en la existencia de ese género humano por él creado. Todo lo contrario. Casanova demuestra que en el mismo Génesis se encuentran detallados los pasos que podrían persuadir a muchos buenos lectores de que nuestro globo fue creado por Dios especialmente habitable en su concavidad interior, y que sus felices habitantes pueden ser los descendientes de aquel andrógino que Dios creó al sexto día de la creación. Y que ese hombre no tiene nada que ver con Adán.
No faltará quien diga que Casanova no es alguien a quien se le deba prestar atención, ya que ha sido el primero que le ha hecho decir al Génesis lo que ningún exegeta le ha hecho decir jamás. Casanova respondería que todo lo que se ha dicho de verdadero en el mundo ha sido dicho por alguien por primera vez. Y luego volvería al ataque con su teoría: que Adán fue el primer hombre que Dios creó en la "superficie" de nuestro mundo, y que después de él no creó a otros; que la filosofía no es otra cosa que la búsqueda de la verdad, que quienes no la buscan no la encuentran. Y que después de todo (esto no lo dijo Casanova, pero sí Borges) en tanto fue escrita, la Biblia también es literatura.